I CONCURSO DE RELATOS DEL FORO DE DIARIO DE NOTICIAS

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Okariz
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Re: I CONCURSO DE RELATOS DEL FORO DE DIARIO DE NOTICIAS

Mensaje por Okariz » Mar Nov 13, 2012 10:39 pm

¿Ni un gran relato todavía? :roll:
Tiñes mis días de fatal melancolía/ En las ruinas, yedra/ Si mirara más hacia el espejo y menos a la ciudad/ Triste campana que ya no suena/ Largo se le hace el día a quien no ama y él lo sabe/ No se ven los corazones/Tu dignidad es la de todos.

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Re: I CONCURSO DE RELATOS DEL FORO DE DIARIO DE NOTICIAS

Mensaje por Okariz » Mar Dic 18, 2012 10:08 pm

Recibido hoy martes, 18 de diciembre de 2012.
1. De un azul tan claro.

El sonido del despertador se escuchó a las siete y media, como cada mañana, en el dormitorio de Iñaki y Eva. Ella lo apagó mientras él se daba media vuelta, intentando apurar los últimos minutos de sueño hasta que ella lo llamara. Antes de volver a dormirse, esperó el beso que Eva solía darle, pero en su lugar notó cómo le posaba levemente una mano. Al cabo de unos segundos, ella se levantó, y entonces él pensó, sumido en duermevela, que como la noche anterior habían trasnochado debía de estar cansada, y que a pesar de no tener la obligación de madrugar lo hacía como siempre, para preparar un par de cafés que ambos tomarían juntos antes de que Iñaki se marchara a trabajar. Se quedó dormido recreando el reconfortante olor del café, que formaba parte de la "Memoria de los Aromas".

El término se le había ocurrido a ella. Una vez superados los dolorosos días que siguieron al diagnóstico de su enfermedad, una idea fija se había asentado en su mente: debía potenciar todos sus sentidos para sustituir al que tarde o temprano iba a faltarle; además, si algún día ya no iba a poder ver, recordaría mejor las cosas si cada objeto, cada persona y cada lugar los tuviera firmemente asociados a un sonido, un sabor, una textura o un aroma. Convencidos ambos de ello, cimentaban con tesón las cuatro Memorias de Eva: la del Oído, la del Gusto, la del Tacto y la del Olfato, a la que ellos preferían llamar la de los Aromas.

Iñaki llevaba más de cinco años usando la misma colonia, la preferida de Eva, desde el día en que ella le dijo que le resultaba masculina y con un punto sexy, pero que lo más importante era que le recordaba a él. Entonces le había acercado su cuello, y ella lo olisqueó, a la vez que le pasaba suavemente las yemas de los dedos a lo largo de la frente, bajando por las pobladas cejas, los párpados, la nariz y los labios, momento en el que él había cogido sus manos para besarlas con infinito cariño, mirándola con tal ternura que ella rompió a llorar, y él la abrazó fuerte, tan fuerte como si le fuera la vida en ese abrazo. A veces lloraban juntos, y entonces él siempre besaba sus lágrimas. "Sabor amargo, Memoria del Gusto", decía, e invariablemente ambos se echaban a reír, y el momento malo pasaba, y la fortaleza de su amor se imponía.

Iñaki adoraba a Eva. Más que eso; le apasionaba, no concebía su vida sin ella. El día que escucharon el temible y definitivo diagnóstico en la consulta del oftalmólogo, la imagen que de inmediato había evocado fue la del color de sus ojos, ese color de un azul increíblemente claro, brillante, luminoso, que destacaba en su precioso rostro, y que le hacía pensar si al contemplarlos lo que en realidad estaba viendo era la belleza de su alma. En aquel entonces eran novios, pero él no dudó ni un instante de que su vida estaba junto a la de ella. Eva era el amor, la feminidad, la delicadeza y a la vez la fuerza. Era su compañera; la niña de sus ojos, se había dicho irónicamente. Al cabo de un año, se casaron, y como destino de luna de miel eligieron Costa Rica, deseosos de que el fabuloso paraíso natural que constituye ese país les regalara un conjunto único de colores, sonidos y sensaciones.

No se equivocaron. Nunca un amanecer había sido tan hermoso para ellos como el que se vive en mitad de la jungla, rodeados por los profundos manglares del Parque Nacional de Tortuguero. Entrelazando sus manos, escuchaban los sonidos puros de la naturaleza, que para Eva eran sonidos de paz, pues fue allí donde finalmente la halló en su interior, y donde definitivamente dio por terminada la etapa del "¿Por qué a mí, por qué yo?". Iñaki asistió a este proceso de aceptación como un espectador a veces silencioso, a veces entusiasta, pero siempre cómplice. Y admiró la determinación con que ese ser humano que era su mujer se reconciliaba con el difícil destino que la vida le había adjudicado.

Al volver del viaje retomaron su vida cotidiana. Eva siguió trabajando como auxiliar de farmacia durante ocho años más, hasta que el progresivo deterioro de su capacidad de visión fue lo suficientemente grave como para obligarle a dejar el trabajo. Se sumergió con relativa facilidad en su nueva rutina, incorporando la música a su vida, así como la natación, que tanto la relajaba. Siempre le había encantado el contacto con el agua, pero ahora lo necesitaba más que nunca. A lo largo de esos años, Iñaki y ella fueron construyendo su propio universo como pareja, un universo especial, como sólo puede serlo el de dos personas que se aman y que viven su amor con la intensidad propia de quien espera sin posibilidad de duda un duro revés a la vuelta del camino.

Esa mañana, cuando ella finalmente lo llamó, le advirtió de que se diera prisa, que se había hecho tarde. Él se levantó, fue al cuarto de baño, y después se dirigió a la cocina. Como ella no lo había hecho, dio la luz, pues la de la mañana que se colaba por la ventana no le pareció suficiente. Eva estaba ya sentada ante las tazas de café. Al pasar tras ella, se agachó y la besó, dándole los buenos días, pero ella no contestó. Le preguntó si estaba cansada, si había dormido bien.

- "Ya no veo"- dijo Eva.

- "¿Cómo?"- preguntó él, momentáneamente desconcertado.

- "Que ya no veo"- repitió Eva.

Él se quedó petrificado. Por un momento, pensó que esa escena estaba fuera de lugar, que era irreal. Después entendió por qué no había dado la luz, y finalmente la estrechó entre sus brazos, con todo su cuerpo, con todas sus ganas, pronunciando su nombre, apelando en silencio a su propia entereza. Brotaron las lágrimas, y dejaron que se agotaran, y que finalmente se marcharan. Él la besó una vez, y otra vez, y muchas más veces, hasta sentir que se fundía en ella.

- "Tómate el café"- propuso Eva- "llevo mucho tiempo entrenando para prepararlo a oscuras, y no quiero que te lo pierdas".

Iñaki llamó a la oficina, avisó de que no iba a trabajar, e hizo lo que también a su vez llevaba mucho tiempo planeando: las maletas. Ayudó a Eva a meterse en el coche, y puso rumbo al mar, a ese mar que era para ambos un refugio y un deleite; si ese día comenzaba el resto de sus vidas, quería empezarlo allí, en la costa. No podía haber un mejor lugar de partida.

Lo que nunca supo Iñaki fue hasta que punto el mar influyó en la continuidad de sus vidas. Cuando esa mañana Eva apagó el despertador lo primero que hizo, como siempre, fue mirar hacia la luz que entraba en el dormitorio atravesando el pasillo, desde las ventanas del contiguo salón. Y no la vio. Y se asustó, se asustó tanto que buscó a Iñaki extendiendo su mano hacia él. Decidió levantarse sin decirle palabra, y al ir avanzando su sospecha se hizo certeza. Y el mundo se hundió bajo sus pies, a pesar de que llevaba años preparándose para ese momento. Llegó al salón sin problema ni tropiezo, no en vano se sabía de memoria cada rincón de su casa en los muchos entrenamientos que había hecho a ojos cerrados. Presa de la desesperación, se abalanzó para abrir la ventana, pensando en un arrebato en lanzarse al vacío, y al apoyar sus manos, éstas se hundieron en la tierra del macetero, que estaba húmeda por la lluvia caída durante la noche, y entonces, de manera instantánea, Eva rememoró uno de los recuerdos táctiles más deliciosos que había atesorado, el de sus manos sumergidas en la orilla del mar, bañadas por el agua que se batía en retirada, sintiendo cómo sus dedos se iban hundiendo, poco a poco, en la mullida arena. Y vio en su memoria la expresión feliz de Iñaki a su lado, tendido como ella de bruces sobre esa arena, diciéndole con entusiasmo "¡Siéntela, Eva, siéntela en los dedos, fíjate qué gusto!". Recordó su energía, su apoyo incondicional, su mirada llena de amor. Y supo que no podía hacerle eso, y que a pesar de todo era afortunada. Y volvió a oler el salitre del mar, a escuchar el refrescante sonido de las olas, y el chillido de las gaviotas, y sintió en su cuerpo el efecto sedante y a la vez electrizante del agua, y comprendió que lo que estaba recreando era la plenitud de su propia existencia.

Entonces se sacudió las manos, cerró la ventana, y se fue a preparar el café, para tomarlo junto a Iñaki, y para que su aroma cotidiano le hiciera recordar que la vida seguía, y que mientras hay vida hay esperanza.
Tiñes mis días de fatal melancolía/ En las ruinas, yedra/ Si mirara más hacia el espejo y menos a la ciudad/ Triste campana que ya no suena/ Largo se le hace el día a quien no ama y él lo sabe/ No se ven los corazones/Tu dignidad es la de todos.

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Mensaje por Okariz » Mié Dic 26, 2012 4:47 pm

Recibido hoy miércoles, 26 de diciembre de 2012.
2. EL CONTRATO DE CARÓN

Bases. 1.

Dos hechos intrascendentes marcaron profundamente mi vida. El primero fue el increíble tránsito de mi padre, que nos abandonó teniendo yo dieciséis años; al día siguiente de mi cumpleaños, mi padre asistió a una conferencia muy científica sobre los estados paralelos de la mente, la meditación y el nirvana que le impresionó de tal manera, que decidió poner en práctica lo que había escuchado y se sentó en la posición del loto para meditar; y tan profunda y fructífera debió de ser la meditación, que durante noventa días estuvo así sentado, ausente y olvidado de su cuerpo. Mi madre comenzó a preocuparse a la hora de la cena, cuando mi padre no acudió a la mesa e hizo caso omiso de las llamadas, los gritos, los zarandeos y a la postre las bofetadas con las que ella se deshacía de su nerviosismo. Los muchachos del 112 se rascaban la cabeza ante la búdica figura de mi progenitor, y se miraban atónitos cuando comprobaron que, a pesar de poner todo su empeño y fuerza bajo las axilas, no podían levantar a mi padre del suelo ni sacarlo de la posición del loto. Finalmente llamaron a los bomberos que, con sus instrumentos de excarcelación, levantaron la hierática figura y se la llevaron al hospital con dos buenos metros cuadrados de tarima pegados al culo. En el hospital no desperdiciaron una cama para colocar a un hombre sentado, así que le buscaron acomodo en un rinconcito del office de las enfermeras, y allí le visitaba el psiquiatra cada mañana sin poder sacarle una sola palabra; le sometieron a radiografías y análisis pero no lograron hacerle pruebas más complejas ya que en la postura en la que se encontraba y la tarima en el trasero impedían su cabida en los aparatos. Las palabras del psiquiatra eran siempre tranquilizadoras para con nosotros:
- Un estado catatónico severo, -decía- del que sin duda lograremos sacarle. Le estamos administrando los fármacos apropiados por vía endovenosa ya que es imposible hacerle tragar nada, y creo que ya se vislumbra una mejoría porque me ha parecido ver un ligero pestañeo esta mañana.
Las visitas al hospital se calcaban unas a otras: nos sentábamos en el office, la jefa de enfermeras nos daba una taza de café y contemplábamos el beatífico rostro de mi padre; mi madre, que había oído de un caso similar, se empeñaba en hablarle constantemente y le contaba los chascarrillos de la vecindad, le leía los titulares del diario, le ponía el paraguas entre las rodillas y le pedía que se lo guardase un momentito, mientras daba vueltas al café con la cucharilla; las enfermeras entraban y salían cargando jeringas y acarreando termómetros y carritos de curas mientras nos miraban de reojo. Lo cierto es que lo único inmutable en aquella situación era mi propio padre, que parecía el verdadero ombligo del mundo alrededor del que todo gira y se retuerce; como una roca, creo que era la única cosa real y cuerda de aquellos días.
Pronto se dieron cuanta los médicos de que mi padre comenzaba a adelgazar, y conjeturaron que este hecho era tal vez debido a que no ingería ningún tipo de alimento ni bebida, y como parecía harto difícil hacerle comer de un modo natural, intentaron insertarle una sonda hasta el estómago para administrarle purés y jarabes; la aventura de la sonda tuvo muy poco recorrido: dado que mi padre meditaba con el cuello ligeramente flexionado, y también como consecuencia de su falta de colaboración, fue imposible hacer progresar el tubo a través de su garganta, y la sonda que introducían por su nariz asomaba indefectiblemente por la boca abandonando la vía natural que la conduciría hasta el estómago. Ante tan sonoro fracaso, nos pidieron permiso para hacerle un agujero en el vientre que comunicase directamente el estómago con el exterior e introducir por allí, como si de la caldera de una locomotora se tratase, los alimentos. Mi madre consintió y firmó los papeles. Según nos dijeron, la operación fue harto difícil: mi padre se negaba pasivamente a extenderse sobre la mesa del quirófano, y tuvieron que intervenirle sentado; la tarima del trasero representó una peligrosa amenaza contra la esterilidad de la sala y tuvieron que bañarla en desinfectantes durante media hora antes del procedimiento; los brazos que mi padre descansaba sobre las rodillas impedían el acceso franco a su abdomen y tuvieron que usar material de veterinaria (del tamaño que se usa para los caballos) para llegar a la piel del vientre; el anestesista tenía serias dudas sobre si mi padre estaba realmente dormido durante la operación, incluso sobre si era necesario o conveniente anestesiarle o ya venía dormido de casa; lo cierto es que las constantes del enfermo permanecieron inalterables y después de tres largas horas en quirófano y otras dos (¿Para qué?) en la sala de despertar, devolvieron a mi ahora agujereado padre a su rinconcito del office.
A pesar de una nutritiva alimentación a base de purés de legumbres, pollo triturado, hígado encebollado y complejos vitamínicos, mi padre seguía adelgazando; la verdad es que parte de los alimentos que se vertían a su estómago volvían a salir por el agujero como por la puerta abierta de una lavadora, y las enfermeras idearon un sistema con un tapón para evitar semejante desperdicio; aún así, en cada nueva toma comprobaban que la comida anterior no había sido digerida y estaba en el estómago tal cual la habían introducido; en una palabra, mi padre no hacía la digestión. Le practicaron una gastroscopia a través del agujero sin encontrar impedimentos a la progresión de los alimentos, y comprobaron que los movimientos intestinales eran normales, pero la comida seguía allí, estancada. Finalmente los médicos se dieron por vencidos: el paciente se negaba a comer; y ante la verificable circunstancia de que mi padre no consentía ser tratado según el saber de la ciencia, se apresuraron a darle de alta con el diagnóstico de "cuadro catatónico con ausencia de consentimiento para tratamiento nutricional".
En casa, mi madre hizo colocar a mi padre en el mismo sitio en el que estaba, encajando la tarima del culo en el agujero que habían dejado los bomberos; cada día ponía un poquito de agua de Lourdes en el agujero estomacal, esperando que la salutífera disolución obrase el milagro de devolverle la razón, pero el intento fue vano: la meditación de papá era realmente profunda. El adelgazamiento se hacía cada vez más evidente; la piel empezó a acartonarse y tomar el color del pergamino viejo, incluso aún más tostado; las prominencias de los huesos iban dejando su impronta en ese pergamino, los ojos -siempre cerrados- se iban hundiendo en sus órbitas y su aspecto general era el de una momia; sólo conservaba intacta su hermosa mata de cabellos grises que mi madre se encargaba de cepillar y perfumar cada mañana. Aproximadamente a los tres meses, el médico de cabecera nos anunció que mi padre había muerto: ya no oía el latido de su corazón; en realidad no sabemos a ciencia cierta cuándo murió, ya que las visitas del médico eran espaciadas y erráticas; podía llevar muerto una semana o cinco minutos: su aspecto exterior era el de todos los días; mamá lloró un poquito y descansó. El entierro fue una pequeña catástrofe: aunque con la muerte la tarima se le desprendió milagrosamente del trasero, no hubo manera de meterlo un una caja decente porque papá siguió en la misma postura; en el tanatorio se hacían de cruces y decidieron por fin que lo mejor era introducirlo en una tinaja, como en la edad del bronce, y soterrarla ya que no cabía en nicho o panteón ninguno. Mi madre se empeñó en que había que vestirlo con su traje de raya diplomática y eso representó un gran quebradero de cabeza: con las piernas cruzadas y los brazos rígidos, hubo que descoser los pantalones y las mangas de la americana para poder ponérselos, y después coserlas in situ; la camisa se puso directamente sin mangas; le quedaba inmenso, tanto había adelgazado. El funeral fue de lo más normal.
He dicho antes que hubo otro hecho que me marcó, y ocurrió más o menos un año después: me enamoré. Con la muerte de mi padre tuve que dejar los estudios y ponerme a trabajar para llevar el sustento a casa; mamá, que era conocida de la prima de la mujer del director de la sucursal local del Banco Blanca Paloma, logró que me admitiesen de conserje para abrir la puerta a los clientes, llevar correo y recados y traer café: nada complicado; pasaba gran parte de la jornada sentado en un pequeño escritorio junto a la puerta guiando a los clientes importantes entre las diversas ventanillas y mesas: lo que se llama trato personalizado. Pues bien, sí: me enamoré perdidamente de una cliente importante. Ella llegaba los jueves a media mañana: su Mercedes se detenía en la puerta del banco, se abría la portezuela trasera y aparecía primero una pierna izquierda, siempre igual, indefectiblemente, enfundada en una larguísima media de color claro; después asomaba la pierna derecha, igualaba la posición de los pies y se daba un pequeño impulso para expulsar el cuerpo fuera del coche; se arreglaba la falda (siempre estrecha, siempre a las rodillas, siempre clara), recogía un maletín oscuro y tactaconeaba hacia la puerta, donde yo la aguardaba, solícito, aguantando las ganas de hacerle una gran reverencia: -Buenos días, Señora Montjoie (la pronunciación de su apellido se resbalaba por mi boca como una cucharada de jalea dulce y sensual); por supuesto, ella no contestaba: yo era invisible a sus ojos color almendra; se alejaba - tac tac, tac tac, tac tac- hacia el despacho del director, arreglaba sus cuentas y volvía a salir. Ese pequeño recorrido de vuelta (desde el despacho del director hasta la puerta donde yo me encontraba) llenaba los quince segundos más intensos de la semana: el aura de la señora Montjoie me golpeaba desde lejos, y sus oleadas me envolvían una tras otra; creo que mi mirada oscilaba entre sus piernas y sus ojos, pero no estoy seguro de ello; de lo que si estoy seguro es de que mis pantorrillas temblaban bajo los pantalones y de que, al pasar por la puerta que yo mantenía abierta, me envolvía su perfume (¿Cuál? No lo sé: jamás he vuelto a olerlo en otra persona) y un nudo en la garganta me impedía respirar. Las visitas de Montjoie no eran periódicas; ella solía aparecer a las once en punto, y hasta esa hora yo no dejaba de mirar al reloj; si el tactaconeo no se oía a las once y cinco, es que no iba a venir y mi humor empeoraba considerablemente pensando que tendría que esperar otra semana completa para verla: una tortura que yo asumía lentamente como una prueba de paciencia con que las circunstancias me regalaban. Cierto día la señora Montjoie sufrió un pequeño traspié junto a la puerta, y mecánicamente posó su brazo sobre el mío para mantener el equilibrio; el contacto me electrizó y una nube de perfume envolvió mi cabeza; ella, por primera vez, me miró a los ojos y su mirada era como un par de puñales agudos y misericordes, largos, profundos, dulces en su función de matar limpiamente, templados, calientes, amorosos... o eso me pareció; creí ver en ellos una ligera dilatación de la pupila cuando nuestras miradas se mantuvieron durante una milésima de segundo, ya que rápidamente, ambos, bajamos la mirada hasta el suelo -yo hasta el infierno- y ella retiró su brazo del mío con un medido "perdón". Recogí su maletín caído en el suelo y me ofrecí a acompañarla hasta el despacho. Yo estaba ya completamente perdido; desde ese día, por costumbre, ella me ofrecía el maletín al llegar y yo le abría paso durante unos cortísimos veinte metros hasta la puerta del director.
El enamoramiento juvenil tiene la virtud de tomar tintes de obsesión. No había minuto de vigilia en que no me imaginase a mí mismo paseando con Montjoie (¿Cuál era su nombre de pila?), de la mano de ella, besándonos, yendo al cine, acostados, reclinados, contándonos nuestros vicios, rememorando esos primeros encuentros en los que tanto ella como yo, ya perdida y secretamente enamorados, no nos atrevíamos a hablar el uno con el otro... Estos sueños se me hacían cada vez más insoportables porque no saciaban mis deseos, y me veía en un callejón sin salida; así que tomé la determinación de enviarle un mensaje: le puse una nota en el maletín; era una nota imbécil, juvenil, donde hablaba mucho de ella y poco de mí. Esperé anhelante su siguiente visita y esperé en vano porque la señora Montjoie jamás regresó al banco; oí decir al director que el señor Montjoie descubrió una nota en la cartera y cerró sus cuentas inmediatamente abandonando la ciudad.


Notas y diario; 25 de agosto.

Calor sofocante; llevo toda la tarde sentado en la terracita alternando refrescos y cerveza. El sujeto sigue en su casa y lo veo a través de su ventana; habla con alguien oculto a mi vista. Gesticula. Obeso. Sé que tiene palomas ¿Colombófilo? Sí. Psitacosis, colesterol, hipertensión, tal vez insuficiencia cardíaca: eso facilita las cosas de cara a la galería. Gesticula más, se acalora, se sofoca... ¿Ventolín? Asma, bronquitis, bien. El calor no me molesta, a él tampoco: aire acondicionado en casa suya seguro que sí o no lo soportaría con todo cerrado. Mala construcción sintáctica pero son los caminos de mi mente los que escriben. Oscurece y él desaparece de la ventana: siempre sale a esta hora, cuando el sol se oculta (ver notas previas). Muchas palomas en este barrio ensuciando las aceras y los coches, zureando, arrullando, gimiendo, dando vueltas los palomos sobre sí mismos a la vista de las hembras, hinchando el pecho como humanos de gimnasio, mendigando migajas bajo las mesas de la terraza; ojos como cabezas de alfiler, de alfiler de cabeza gorda y roja; idiotas todas. Él sale del portal; no es él: es una mujer delgada que no se parece en nada a Ella; da igual: hace mucho que ya no la busco en los ojos de todas las mujeres, está olvidada (¿O no?) No, no está olvidada pero está prohibida absolutamente así que veámosla pasar por nuestro cerebro como una brisa suave que no deja rastro ni recuerdo. Esta silla coja me está incomodando toda la tarde. Ahora sale, le sigo.
Ha caminado despacio hasta el casino y ha tomado un Old Fashioned (Whiskie, angostura, azúcar, una rebanada de naranja: para papá). Incontinente, dos visitas al baño en quince minutos. Sentado en el taburete alto: se escurre por ambos lados; parlotea con el camarero: se conocen, cliente habitual. ¿Yo? Agua cristalina y periódico: quince muertos por accidente de tráfico el fin de semana: lo sé. Hablan de fútbol (palomos persiguiendo una pelota). Otro Old Fashioned: de un trago, el inconsciente; otro. Espero. El casino es un lugar agradable, poca gente en verano; mesas sólidas, oscuras, tapetes fieltriverdes con los bordes levantados, alguna mosca sorbiendo azúcar de viejas gotículas evaporadas en los bordes de las mesas. Se fuma a escondidas de una mampara de la que el humo se ríe, evitándola. Llamo la atención con mi agua y mi periódico: pido un Dubonnet (no apunto, es asqueroso). El sujeto lleva tirantes (esa tripa es un tobogán para cualquier cinturón); pííííícnico. Paga y sale tambaleante, el calor le abofetea, se sonroja, suda, se apoya en el quicio y respira con dificultad. Ahora. Apoyo mi mano en su hombro: -¿se encuentra Bien? No se encuentra bien; su cuerpo resbala y se medio sienta en el suelo, grito al camarero que llame al 112, y observo cómo el sujeto mira al suelo y palidece rápidamente; aspiraciones guturales, quejidos ahogados, ojos que escapan de las órbitas, estertor y final.
Está hecho.
Gente que se arremolina y peticiones inútiles: uno, una manta; otro, póngalo de costado; otro, reanímenlo: nadie se mueve de su palco. Varios vuelven la cabeza, tapan los ojos a los niños y se alejan avergonzados o temerosos.
Está hecho.
Llega la inútil ambulancia; no tienen nada que hacer porque todo
Está hecho.


Bases. 2.

El episodio del banco tuvo otras consecuencias: mi despido fue inmediato, rodeado de las burlas de los compañeros y la ira del director que ya barruntaba su descenso a los infiernos del status bancario; mi madre cayó en una bien meditada depresión clamando a la vergüenza y llorando por la inminente ruina que la obligaría a servir –jamás empleó otro término- de casa en casa; no dejaba pasar ocasión de lanzarme, de lejos y de cerca, invectivas constantes que contenían palabras como sonrojo, inconsciencia, idiotez, maldad, desapego, egoísmo, imprevisión, genes, infantilismo, desamor; otras se me han olvidado. Fueron unos días muy malos que ahora contemplo con sensación de irrealidad; apenas me quedaba yo en casa y salía muy temprano a caminar entre calles, jardines y pensamientos. Las calles eran todas iguales en mi ciudad: manzanas cuadradas y ángulos rectos, comercios que se repetían a sí mismos hasta la nausea, oficinas bancarias que abarcaban el arco iris: la azul, la verde, la granate, la roja, todas distintas por fuera y todas exactamente iguales por dentro, con los mismos rostros detrás de idénticas mesas llenas de papeles con un terminal de ordenador a la derecha y una mampara de cristal esmerilado que guardaba el cubículo de la dirección. Los jardines sólo sustituían los edificios por árboles y praderas; únicamente su olor a frescura y las sombras agradables, su pertinaz soledad y el silencio podían darme un poco de reposo, porque allí me deshacía temporalmente de mí mismo (es curioso: mi padre se encerró eternamente en su propio jardín antes de morir) y evitaba los pensamientos que me ocupaban día y noche; y eran pensamientos de pérdida: pérdida de Ella, pérdida de mi madre –ahora veo claro que jamás fue mía, ni yo suyo- pérdida sobre todo de la inocencia que hace creer en el amor, Eros, Filia, Ágape. Una vida así es muy difícil de vivir. Todas estas reflexiones estaban centradas en mí: yo había fallado, yo había perdido y hecho perder, yo estaba vacío, era un defraudador de ilusiones, un mal hijo, una víctima de la más horrenda trampa del destino; pero… ¿Y ella? ¿Me añoraba? ¿Sufría? ¿Le había herido la pérdida, su marido, el – hecho – en – sí – para - sí, el sometimiento, la frustración, la negación o el olvido? ¿Erré al interpretar sus ojos almendrados? Creo que no aunque eso, ahora, da exactamente igual.


Notas y diario; 8 de septiembre.

Hoy era mi cumpleaños, 18. El destino quiere que visite a mi madre: años hace que no la he visto (paradoja temporal). Agoniza en cama de hospital: cuidados paliativos, cáncer de algo, no sé qué. Mismo hospital en que mi padre se rió de todos nosotros desde fuera de sí. Jocoso, todo un personaje. Paseo por las salas: Infantil, triste desde fuera, alegre por dentro. A ellos no les importa, se divierten aún enfermos, relativizan, no anticipan; te miran a los ojos y sonríen por dentro; lo sé. Quirúrgica: grapas, tubos, perforaciones, cortes. Dolientes. Por días, casi organismos cibernéticos: Cyborg. A veces voy: miedo, angustia, todos adultos que no ven. Aún. (Reflexionar sobre si no ven o no miran). Geriatría: hartos unos de vivir, otros no; generalmente descansan, asumen, saben mucho, preguntan poco; años dolor de espalda y paz les dan: lo aprenden lentamente. Les gustan las mariposas, sobre todo las pequeñas; curiosidad: a más vida, menos anhelos; ¿Cansancio? No: ellos ven más allá (¿El?)
Paliativos, eufemismo (pallium, lo que cubre, lo que oculta, o lo que protege… qué más da). Aquí está ella – no Ella- anciana seca arrugada nívea desdentada, sedada, reposo en cuerpo y no en alma hasta que mire, hasta que vea. Monitor, lagarto monitor varano waral salvador pensamiento fonético paralelo, con líneas cada vez más, más, más, más planas (asociación: cuenca del Po entre la niebla de noviembre en Ferrara). La beso justamente, exactamente en el último instante.


Bases. 3.

Lo hice a los pocos días, me suicidé; de la manera más tonta, no entraré en detalles, con la escopeta de papá y un antiquísimo cartucho de postas para el jabalí.

Limpiándose sus gafas
un jabalí:
“Arreglo dentaduras,
venid a mí.”


Lo hice en casa creo que para que mi madre lo sufriese en su conciencia, aunque no fue así: me alegro de que no fuese así. Ahora paso el famoso túnel de luz y mi padre está al otro lado esperando. Bromea y luego se pone serio:
- Mira, muchacho, no has aguantado la presión y lo has hecho muy mal; no has entendido nada o no has querido entender, la cosa es que no hay vuelta atrás, pero tampoco tienes vía hacia delante; tienes mucho que aprender, así que los jefes de aquí te mandan a la escuela.
Mi padre sigue siendo un bromista, me habla en la posición del loto con una sombra pegada al trasero, etéreo, tan liviano que todos los cuerpos podrían atravesarlo, o tan denso que él podría atravesar todos los cuerpos, aunque en realidad suelen ocurrir ambas cosas a la vez.
Así me convertí en la Muerte; bueno, en uno de los miles que hacemos este trabajo y nos redimimos aprendiendo. De vez en cuando subo a charlar con papá y le voy dando mis páginas de notas en papel de arroz, esas que escribo al hilo de mis pensamientos; le gustan, las lee y las usa para fabricar porros que fuma lentamente, construye figuras en el Éter con el humo y dibuja góndolas, cisnes, desiertos, mendigos tuertos… hace cabriolas sobre su nubecilla trasera, y me comenta: - Mira, hijo: esta voltereta me la ha enseñado Sun Wukong, el Rey Mono.

Pamplona, diciembre de 2012.
Tiñes mis días de fatal melancolía/ En las ruinas, yedra/ Si mirara más hacia el espejo y menos a la ciudad/ Triste campana que ya no suena/ Largo se le hace el día a quien no ama y él lo sabe/ No se ven los corazones/Tu dignidad es la de todos.

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Re: I CONCURSO DE RELATOS DEL FORO DE DIARIO DE NOTICIAS

Mensaje por Okariz » Dom Ene 13, 2013 10:47 pm

Recibido hoy domingo, trece de enero de 2012.
3. Despedida

No lo puedo creer. Ya no vas a estar más conmigo. Solo han pasado unas horas desde tu partida y mi cabeza intenta asimilar lo ocurrido. Me dejas sola, me abandonas, sin despedirte, sin encontrar explicación. En estos momentos lo daría todo por besarte, tocarte y hablar contigo sólo una vez más.
De repente no estas, no tengo a nadie ni en nada en qué creer. Me dejé guiar por ti, seguirte únicamente a ti, abandonar todo mi mundo y meterme de lleno en el tuyo. Y ahora me muero, me ahogo sin tu presencia. Con tu ausencia dejas en mi un vacío que nadie podrá llenar. Cada minuto que pasa estoy más confundida; te busco, a pesar de que no volverás.

Hoy precisamente, casualidades (o no). ¿Tenía que ser hoy? en unas horas, hará dos años exactos cuando intentando encontrar en el momento del café, el instante oportuno, comuniqué a mi familia la noticia “bomba” de nuestra relación.

Desde entonces ante el vomitivo y arcaico rechazo de mi familia me volqué en ti, mi vida era única y exclusivamente para ti. Me apoyaste mucho más de lo esperado, y pasarlo mal juntas nos hizo mucho más fuertes.

No esperaba encontrarme ya rozando los cuarenta con ese giro tan radical en mi vida, pero tu lo hiciste tan fácil. Sin pedírtelo, quizás dejándome llevar fuiste la que llevaste el peso de la relación y poco a poco me hacías más protagonista de tu vida, de tus sueños, de tus inquietudes, que las convertías mías.

Pasadas las semanas posteriores al fatal desencuentro con mis padres y hermanas, conseguí ser feliz. Gracias a ti, llegaron los mejores meses de mi vida, cada día te quería más. No podía pedir más a la vida.

Convertías cualquier momento en especial, como si fuéramos las eternas protagonistas de la mejor y más romántica película. Aquellos viajes a Tailandia, a Sudáfrica, aquellas escapadas a Sitges, ir juntas a trabajar, vernos entre clase y clase, reír en la sala de profesores con nuestros compañeros de las aventuras de los más traviesos, o ayudarte para intentar sacar adelante a esos alumnos menos aventajados por los que lo dabas todo.

Esta mañana, en los fríos pasillos del hospital un cura vino a abrazarme, que curioso, tuvo que ser un párroco el que viniera a enjugar mis lágrimas. Intentando darme un consuelo que no llegará jamás me decía que dios, su dios por desgracia en ocasiones se llevaba de forma fortuita y repentina las mejores flores para su jardín, como anoche hizo contigo…

No solo me dejas a mi. Tu familia, nuestros amigos, el colegio, tu clase… ya nada será lo mismo. Todos, en mayor o menor medida, desde anoche hemos perdido algo que no recuperaremos jamás, tu alegría, tu espontaneidad, tu bondad, tu amor, tu sonrisa, tus besos…

Mañana voy a empezar una nueva vida, sin importarme lo que puedan decir como me enseñaste, será muy difícil sin tu presencia; pero gracias a ti, a los años, a las experiencias vividas, a tu fuerza, intentaré que nadie me haga daño y no volver a sufrir por cosas absurdas.

Mañana no vestiré de negro, quizás nunca más, en tu honor, por lo que odiabas ese color. Por lo poco que te gustaba la oscuridad. Mañana te acompañaré en tu último viaje pero te juro que siempre estarás conmigo. Gracias por hacerme feliz, por conseguir sentirme especial, por ser mi compañera, mi amiga, mi amante perfecta.

No dudes de que en cada amanecer intentaré sonreír al recordarte.
Tiñes mis días de fatal melancolía/ En las ruinas, yedra/ Si mirara más hacia el espejo y menos a la ciudad/ Triste campana que ya no suena/ Largo se le hace el día a quien no ama y él lo sabe/ No se ven los corazones/Tu dignidad es la de todos.

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Re: I CONCURSO DE RELATOS DEL FORO DE DIARIO DE NOTICIAS

Mensaje por Okariz » Mié Ene 23, 2013 12:04 am

¡Hagan juego! Que no se diga. Venga, sobre todo para aquellos que querían libertad. No hagáis que recuerde a Lennin (¿Libertad? ¿Para qué?) :wink:
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Re: I CONCURSO DE RELATOS DEL FORO DE DIARIO DE NOTICIAS

Mensaje por Okariz » Mié Ene 23, 2013 10:32 am

Recibido hoy miércoles, 23 de enero de 2013.
4. LA ARCADA

Empezó a entrar en la realidad cuando sus pezones se endurecieron y la piel del vientre y las piernas se le tornó erizada por la frialdad del agua. Había vaciado el tanque de agua caliente sin darse casi cuenta, sumida en la desazón y la angustia que le acompañaban las últimas semanas.

Había llevado a Pablito, su hijo de cinco años y medio a casa de sus padres, para que se hicieran cargo de él durante la tarde-noche, y le llevaran por la mañana a la guardería. Iría a recogerlo al día siguiente, a primera hora de la tarde. No solía hacerlo habitualmente, pero esta vez no le quedaba más remedio.

Se arregló muy despacio, puesto que sus manos le temblaban y cuando hubo terminado, puso en el fuego un cacito con agua para tomarse una valeriana. Le tranquilizaría, o eso pensaba. Le vino a la mente el indeseable de su ex-marido, Jorge, del que hacía tres años no sabía nada, desde que arruinó el negocio de importación-exportación que les costó la casa. Desapareció de su vida y aunque fue un duro golpe al principio, tenía su orgullo y lo asimiló bien. Se fue a vivir de alquiler a un reducido apartamento y consiguió trabajo como administrativa en un despacho de asesoramiento de empresas. ¡Maldito Jorge!

Echó una cucharadita de azúcar a la valeriana, junto con un cubito de hielo, para enfriarla antes. Pero no podía concentrarse………

Hacía tres semanas que Antonio, su jefe, le llamó a su despacho, y después de diez minutos, salio con la cara demudada y apoyándose en el mobiliario. Su compañera Patricia se dio cuenta de todo.

- ¿qué te pasa Irene? ¿Ese vicioso degenerado te ha dicho que al catre o a la calle, no? Patricia le puso al corriente. No era la primera vez que lo hacía, ella también tuvo que ceder, tal y como estaban los tiempos. No podía quedarse ahora en la calle, ni denunciar a semejante indeseable, el resultado sería el mismo…….

Tomó la valeriana, casi fría, cogió el bolsito de mano y salio de su apartamento para coger el Metro, no quiso ir en su coche, porque le flaqueaban las piernas. ¡Dios!, seguía con la angustia medida en el cuerpo…. y sus pensamientos en su cabeza.

- “El imbécil de Antonio no te lo volverá a pedir, Irene. Es un hijo de mala madre, pero no es tonto. Primero, una cena y luego..... Eso sí. No esperes dormir en toda la noche….” Las palabras de Patricia, en vez de servirle de ánimo y consuelo le causaban asco y pánico.

Si se hubiera tragado el orgullo y hubiera seguido con Jorge en vez de separarse de él cuando arruinó el negocio. igual habrían rehecho su vida y hubiera dejado sus salidas y copas nocturnas…….. Era igual, aquello también empezó a ser una pesadilla……

Salió de la boca del Metro y al pisar la acera, vio el restaurante en frente de ella. Era ya de noche y casualmente, no pasaba nadie por allí….. Otra vez esa angustia, ese nudo en el estómago. No pudo más. Se volvió junto a unos contenedores de basura, y tras una arcada violenta, arrojó lo poco que había tomado. Se limpió con una toallita húmeda y sacó del bolsito su espejo, luego su cajita de maquillaje para darse algo de color en los pómulos, y más tarde, su barra de labios, para retocarlos. En la boca, en cambio, seguía teniendo un sabor agrio.

Suspiró profundamente, y empezó a cruzar la calle. Bueno, igual no acudía su jefe a la cita, o mejor, igual el restaurante estaba cerrado. No se veía casi luz desde el interior……… Empujó la puerta y un elegante empleado, el jefe de sala, le preguntó:

¿Tiene reserva, señorita?.....
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Re: I CONCURSO DE RELATOS DEL FORO DE DIARIO DE NOTICIAS

Mensaje por Okariz » Dom Ene 27, 2013 8:57 pm

Vamos a alargar el plazo de presentación de relatos. Hasta el momento, han llegado cuatro. Intentemos, por lo menos, llegar a seis o siete, para que el concurso tenga más cuerpo.
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Mensaje por Mieira » Mié Ene 30, 2013 8:01 pm

Okariz escribió:para que el concurso tenga más cuerpo.
Alma ya tiene, ahora le hace falta más cuerpo, como bien dices.

La crisis ha debido llegar a las ganas de escribir, o a la inspiración, o incluso al tiempo, que es oro. Venga, aupemos entre todos este hilo. Que no se diga, un esfuerzo. Que no se quede sólo en un color azul claro, en un contrato, en una despedida ni en una arcada, que abarque más, mucho más, o por lo menos, algo más :)

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Re: I CONCURSO DE RELATOS DEL FORO DE DIARIO DE NOTICIAS

Mensaje por Okariz » Jue Ene 31, 2013 12:29 am

Por supuesto que tiene alma, Mieira; al escribir cuerpo sólo pretendía decir que hacen falta más relatos para que el concurso adquiera -digámoslo así- la categoría de lo que pretende ser. Evidentemente, un solo cuento muchas veces es suficiente para disfrutar de este tipo de pequeñas iniciativas que nos damos entre todos.

Recuerdo ahora La intrusa, de Borges, o El rastro de tu sangre en la nieve, de García Márquez, o tantos otros. Breves relatos que valen su peso en oro. Y muchísimo más. O cualquier maravilloso cuento de Bierce, o de Monterroso, o de Aldecoa (el mejor cuentista español, en mi opinión). :wink:
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Re: I CONCURSO DE RELATOS DEL FORO DE DIARIO DE NOTICIAS

Mensaje por Mieira » Sab Feb 02, 2013 12:27 pm

Okariz escribió:Por supuesto que tiene alma, Mieira; al escribir cuerpo sólo pretendía decir que hacen falta más relatos para que el concurso adquiera -digámoslo así- la categoría de lo que pretende ser. Evidentemente, un solo cuento muchas veces es suficiente para disfrutar de este tipo de pequeñas iniciativas que nos damos entre todos.

Recuerdo ahora La intrusa, de Borges, o El rastro de tu sangre en la nieve, de García Márquez, o tantos otros. Breves relatos que valen su peso en oro. Y muchísimo más. O cualquier maravilloso cuento de Bierce, o de Monterroso, o de Aldecoa (el mejor cuentista español, en mi opinión). :wink:
Me han dado ganas de leer o releer todos esos relatos que nombras.

No pretendía decir que tú pretendías decir que no hay alma en el concurso. Sólo hilaba tu comentario sobre el cuerpo con otro comentario, en un intento de mover el hilo :P De hecho, suelo releer los relatos para averiguar entre líneas qué cuerpo y alma foriles se esconden detrás de su autoría, y me tienen totalmente despistada :lol:

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Re: I CONCURSO DE RELATOS DEL FORO DE DIARIO DE NOTICIAS

Mensaje por Okariz » Dom Feb 03, 2013 10:34 pm

Recibido hoy domingo, tres de febrero de 2013.
5. 2012

Empecé 2012 escuchando la canción “un año más” de Mecano. Una canción que me fascina, a la vez que no la puedo considerar de mis favoritas, pero si de las imprescindibles. Como los villancicos, pues igual, cada año aparece ahí, a la vez que marco objetivos e ilusiones para el curso que empieza y aparco el que termina.
Ahora que he mencionado la palabra curso, ya se acabó eso de empezar el “año” en septiembre, hasta hace bien poco era así. Sin duda eran tiempos mejores. Por lo menos sabia que cada año en septiembre empezaba algo nuevo, ya fuera un nuevo curso, colegio, instituto, universidad. Ahora no empieza nada ni en enero, febrero ni septiembre…
2012 era la primera vez que empezaba el año en enero, 23 años, con una carrera y un master a mis espaldas, me había costado darme cuenta. Pero de poco me sirvió, empezar el año junto con el calendario.
2012 fue un año horrible, el peor, sin duda. Se tenía que haber acabado el 21 del 12; para mi hubiera sido lo ideal.
No me quiero alargar pero tuve un suceso (malo) mensual:
Enero: se murió mi perro, mi adorado Homer. 15, Quince!! Años estuvo junto a mi, tengo 23 ( ya lo he dicho, ¿no?), quitando mis 4-5 primeros años que no me acuerdo de nada de mi existencia, pues eso, que mi perro estuvo junto a mi toda la vida. Sabes que la vida de un perro es más bien corta, y que tarde o temprano te va a dejar, pero lo que duele… y que vacío te deja. Mi casa (la de mi madre) se quedo en silencio, hueca, sin compañía. En fin, sirvan estas letras como homenaje, mi recuerdo a Homer (le puse yo el nombre, y aquí es cuando te das cuenta de ¡cuánto tiempo llevan echando los simpsons!).
Febrero: empieza a fallar mi primer propósito del año, no me gusta la auto escuela, y aunque me iba a sacar el carnet en un curso intensivo de una semana, dejé de ir a los 2 días, que horror, y que aburrimiento. Vale, tengo una carrera, un master, que aunque de momento no me sirven de mucho, los tengo; pero eso del carnet, me puede, no me gustan los coches.
Marzo: siento ser repetitivo, pero fue mi cumpleaños, cumplí 23. Mis padres están divorciados. Al ser estudiante (muy bueno por cierto) mi padre (para subsanar su ausencia como padre) le pasaba una pensión por mi a mi madre, pues bien, desde mi último cumpleaños al tener ya bien acabadita la carrera (y el master) y poder optar a un puesto de trabajo (que no se donde se ha metido, el puesto de trabajo) pues ya no hay pensión. Mi madre vivía más o menos bien económicamente, y ese dinero era para mi, ella me lo distribuía en una buena paga semanal. Por lo tanto, desde ese mes, mi paga se vio cruelmente reducida.
Abril: primera gran crisis con mi novia Cecilia, llevábamos casi 6 años, ella es 3 años mayor que yo, e independiente económicamente hablando, quería vivir conmigo, yo también con ella, pero yo no quería que ella afrontara los gastos al 100 %. Decidí(mos) posponerlo unos meses. Ella se resignó bastante.
Mayo: incrédulo llegaron mis primeras entrevistas de trabajo de la oficina del paro, el Mercadona iba a abrir en Navarra, y ahí que fui yo, un señor arquitecto a buscar trabajo de reponedor con más ilusión de la que yo mismo esperaba. Tuve una entrevista y una charla informativa. Nunca me llamaron. También fui a un curso del inem, sobre formación y orientación laboral, estuve “aprendiendo” a hacer curriculums y técnicas de búsqueda de empleo.
Junio: ante la desesperación de mi situación económica y la presión de mis padres y de Cecilia, decidí apuntarme para ser miembro de protección civil (naranjito) de los próximos san fermines; eso ya era lo máximo, un joven de 23 años, sacrificando sus fiestas para ganar un puñado de euros que me solventaran por lo menos el verano económicamente hablando. Pues allá que fui al Ayuntamiento de Pamplona para apuntarme, y resulta que por primera vez en años, ya sea por la crisis o porque les dio por joderme, este año no había examen e iban a tirar de listas del examen del año anterior. Mi gozo en un pozo.
Julio: el día 1 mi madre tuvo un desvanecimiento en el trabajo, trabajaba como auxiliar en las cocinas del hospital, fue a urgencias y milagrosamente le dieron cita preferente para el viernes 6 de julio para el neurólogo. Yo como hijo responsable la acompañé a la cita médica a las 11 de la mañana sacrificando por primera vez desde la adolescencia mi presencia en el chupinazo, aunque esto era lo de menos. Pues bien, mi madre no se había recuperado del desmayo y seguía con enormes mareos y dolores en el cuello. El médico en la misma consulta decidió dejarla ingresada para hacerle unas pruebas urgentes. Estuvo ingresada hasta el día 18, y con unas pruebas bastante agresivas. Nos turnamos mis tías y yo para acompañarla. Sin duda, las peores fiestas de mi vida.
Agosto: aunque algo ya nos habían avanzado en el ingreso, el día 1 teníamos médico con mi madre para recibir los resultados detallados de todas las pruebas. Cáncer. Había que operar urgentemente y empezar quimioterapia. Nos pegamos el agosto más caluroso en lustros ingresados en el hospital.
Septiembre: mi relación con Cecilia se acabó para siempre. Tuvimos la mayor bronca de nuestras vidas. Ella me decía lo mismo que en abril y a pesar de la enfermedad de mi madre y de que me entendía, quería dar un paso adelante en nuestra relación que veía estancada, y discutimos tanto, nos dijimos cosas tan horribles, que acabamos los dos llorando, dándonos cuenta de que no había amor, cariño muchísimo, pero ya no teníamos la chista que necesitábamos para mantener nuestra relación. Mi madre empeoraba día tras día. Mi padre parece que se dio cuenta de la cruda situación y por fin, un puñado de años después, decidió empezar a participar más en mi vida.
Octubre: me llamaron para trabajar de una ett, turno de noche, tecnoconfort, que duro, no había trabajado nunca en este tipo de empresas donde se necesita tanta fuerza física. Me dolían hasta las pestañas. Aún así había que aguantar, era un dinero muy necesitado. La noche del lunes 22 de octubre estando en el trabajo me llamó mi tía que se quedaba por las noches con mi madre, para decirme que había tenido que llamar al 112 porque mi madre estaba muy débil. La verdad que ni siquiera me informe pero al estar por ett, creo que los derechos se reducen al máximo y mi mayor prioridad era estar con mi madre. Al colgar me marche del trabajo para no volver nunca más.
Noviembre: el lunes día 5 mi madre nos abandonó para siempre. Un maldito cáncer fulminante de meninges me había arrebatado a mi madre en apenas 5 meses. Me sentí muy arropado por mis tias, mis primos, mi padre y su pareja, por Cecilia y mis amigos. Aún duele, mucho. Y supongo que dolerá toda la vida.
Diciembre: mi padre me invitó a vivir en su casa. Le dije que si, en casa de mi madre el dolor se multiplicaba por cien. Su pareja a la que apenas conocía, me ha recibido muy bien. Las navidades cuando te falta alguien y más con su ausencia tan reciente, pasan a ser unas fechas depresivas. Nunca me había dado cuenta de esto, y es muy cruel.
Ahora escucho “todo tiene su fin” de Medina Azahara.
En 2013 me sacaré el carnet de conducir y encontraré trabajo.
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Re: I CONCURSO DE RELATOS DEL FORO DE DIARIO DE NOTICIAS

Mensaje por Okariz » Lun Mar 04, 2013 11:05 am

La ampliación del plazo de entrega sigue abierta. Y como se trata de una primera edición algo experimental, y para animar a los que sí quieren escribir y participar, por esta vez sí se pueden entregar hasta dos relatos al concurso. Espero vuestras aportaciones.
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Re: I CONCURSO DE RELATOS DEL FORO DE DIARIO DE NOTICIAS

Mensaje por Okariz » Vie Mar 15, 2013 6:26 pm

Rebido hoy, viernes 15 de marzo de 2013.
6. Addio, Florida bella.

Conocí a Nicoletta bajo los cipreses de la Toscana, recogiendo (ella) sus prietos frutos, pintando (yo) las colinas doradas. La conocí joven, esbelta, haciendo bailar la brisa su faldita plisada, murmurando (también la brisa) entre sus muslos morenos, adueñándose del paisaje sus ojos tan verdes como las hojas del mirto. Nicoletta adoraba pasear entre las mieses las mañanas soleadas y nadar entre sábanas de lino las templadas noches, mientras las estrellas paseaban plácidas, curiosas, dibujando figuras en el azul profundo. Sus manos sutiles abanicaban el aire cuando hablaba dibujando figuras imposibles, mordiendo la uña del dedo corazón de la mano derecha, apartando el mechón de pelo negro y ondulado, negro azabache y ondulado, ondulado, ondulado, que le caía sobre la frente, que entraba en su boca siempre semiabierta, húmeda, que se enroscaba en un juego lúbrico entre su lengua y sus dientes grandes y blancos. Nicoletta era la tierra y el río, el suelo que pisé y el agua que bebí sin quedar jamás saciado, pidiendo yo siempre más, siempre sediento, siempre anhelante, siempre suplicante; ella lo rebosaba todo y asentía con ternura, jugaba con el deseo, derrochaba amor (sí, Amor) con desmesura guardando siempre más entre los pliegues de su cuerpo, en el dobladillo de la falda, en una mirada, en un guiño, en una sonrisa, en una palabra ininteligible pronunciada con cuidado a la sombra de los olivos: soprafatti, svitata, brama, io sono la radice del tuo desiderio. Ella surgía, inesperada, desde detrás de la fuente con un cántaro bajo el brazo, desde las sombras del viejo muro con una brizna en los labios, desde la nada de los campos con una diadema de florecillas salvajes; entonces absorbía toda la realidad dentro de sí y ella era el trigo y las nubes, el polvo rojo y las verdes agujas, la luz y la sombra… era también yo y era ella.

Conocí a María bajo los cipreses de la Toscana, estudiando (ella) sus florecillas doradas, pintando (yo) las colinas rojizas. La conocí madura, delgada, cubierta de cuadernos de campo y lápices de colores, clasificando estambres y pistilos, dibujando peciolos verdes y pétalos amarillos, guardando minúsculas muestras de polen en papelitos encerados y anotando sus nombres con letra rápida y picuda. La conocí distante, protegida por flores multicolores en el campo, por libros de Ciencias en casa, por un escudo de cansancio y sueño entre sábanas de nylon. Atrayente, inaccesible, cerrada como un capullo de rosa de los vientos que sólo señalaba hacia sí misma; ignorante de su propia naturaleza centrípeta, fría hasta el colapso, ausente… Ella surgía, inesperada, desde detrás de la fuente con un botecito de musgo, desde las sombras del viejo muro con un lápiz en los labios, desde la nada de los campos con una diadema de Aurinia saxatilis en la carpeta; entonces, absorbía toda la realidad y la expulsaba fuera de sí en un juego especular, desesperante, gélido, ausente de vida; me estrellé mil veces contra ese muro y otras mil me estrellaría para romperlo en una inimaginable explosión de infinitas flores.

Conocí a Valeria bajo los cipreses de la Toscana, talando (ella) sus troncos robustos, pintando (yo) las negras colinas. La conocí curtida, oscura, ahuyentando presencias con sus ojos verde oliva, rechazando ofrecimientos con un gesto fiero en los labios. Cruel. Sola. Llorando a escondidas de las miradas, herida por su misma espada en la piel de otros, en mi piel ya tan agujereada que la vida se me escapaba a chorros, y yo regalándole ese fluir, ofreciéndoselo a manos llenas para ella despreciarlo, dejarlo resbalar sobre su cuerpo y derramarlo en la tierra negra que jamás produciría fruto alguno. Vengativa, rodeada de un halo de sombras monstruosas e hirientes, apuñalando mi alma vacía con palabras cortantes, silbantes, profundas entre sábanas de franela. Ella surgía, inesperada, desde detrás de la fuente ya seca, desde las sombras del viejo muro derruido, desde la nada de los campos estériles; entonces, cesaba el viento y un silencio mortal llenaba mis oídos, mi pensamiento, mi vida.

Así te conocí, Nicoletta María Valeria Broggi, mi luz y mi sombra, mi alfa y mi omega, mi orto y mi ocaso. Addio.
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Re: I CONCURSO DE RELATOS DEL FORO DE DIARIO DE NOTICIAS

Mensaje por Okariz » Dom Mar 17, 2013 9:27 pm

Recibido ayer sábado, 16 de marzo de 2013.
7. HOMENAJE

Transcurría la cálida madrugada del 1 de agosto de 1912 cuando ella, tan joven aún, murió. Su marido sintió como si en ese instante una fuerza maligna asolara la Naturaleza, dejándola inerte, como si todo hálito de vida se desvaneciera sobre la faz de la Tierra, sumiéndola en el más absoluto silencio. Hubiera querido padecer su misma enfermedad para poder partir con ella, y a fe que lo había suplicado, pero esa noche de verano la muerte ni se dignó a mirarle y pasó de largo, esquivándolo hasta detenerse en su amada, que yacía serena a su lado. Cuántas bellas palabras de amor y de despedida le susurraría, aferrado a ella en un abrazo que anheló mantener eterno, mientras la luna se retiraba y la tenue luz del crepúsculo iluminaba la ciudad castellana.

"...ay, lo que la muerte ha roto
era un hilo entre los dos"

Por última vez, entrelazó los dedos con su pelo moreno, besó sus labios y sus manos, unió su mejilla a la suya pálida, casi translúcida, como tantas veces habían hecho cuando en dichosa armonía contemplaban la alameda del Duero, y fijó a conciencia en su retina la imagen de la mujer a la que añoraría durante el resto de su vida. Nunca supo de dónde sacó fuerzas para dejar el lecho conyugal pero, finalmente, se irguió como lo hace un olmo seco antes de ser vencido por su propio sino.

Al abandonar lentamente la estancia, tuvo la impresión de estar encaminándose hacia la nada.

....................


Agosto, septiembre y octubre
llegaron y pasaron.
Cuando el alma llora
cuán arduo es el recorrido de cada hora.

--------------------

Los atardeceres del mes de noviembre cuentan con un nuevo espectador en el rincón moruno donde se ha refugiado el hombre enlutado. Unas veces los observa a través de su ventana, pero otras veces su presencia discreta se mueve entre los higales y olivares cercanos a las aguas del Guadalquivir. No acaba de encontrar su sitio; no se reconcilia con un paisaje que no hace sino retrotraerle a ese otro formado por cerros y ariscos pedregales, por campos sin arados, por las aguas plateadas del Duero y por la placeta del Mirón, cerca de la cual dejó enterrado su corazón.

"...campos de Soria
donde parece que las rocas sueñan,
conmigo vais..."

Así como cuando está en casa acaricia a menudo los objetos personales que conserva de su mujer, en cada paseo toca la corteza de un árbol, o una hoja, o una simple piedra del camino. Ella le enseñó el amor por los detalles, tornándose así los papeles que la sociedad les había adjudicado sin titubeo ni permiso: el del maestro y la joven discípula a su sombra. "¡Qué sabrá nadie!", se dice, de pronto iracundo, recordando los comentarios maledicentes que ambos tuvieron que soportar, desde el inicio de su relación hasta el mismo día de su boda, por parte de aquellos que consideraban la diferencia de edad existente entre los esposos como una afrenta intolerable. Y qué bien había manejado ella la situación, con esa calma que la caracterizaba, y con esa risueña sonrisa con la que tan a menudo le obsequiaba, la misma cuyo recuerdo le hace sentir una nueva punzada de intenso dolor; el dolor lo atraviesa de lado a lado, tan profundo como inabarcable es la soledad que anida en su alma.

"...ay, ya no puedo caminar con ella..."

Quién les iba a decir que el mañana no iba a existir, y que ella, contra natura, sería la primera en partir; jamás lo hubieran creído posible mientras viajaban ilusionados a la Ciudad de la Luz, sin saber que precisamente allí se desencadenaría la enfermedad que la iba a sumir en la irremediable oscuridad, llevándose consigo aquella luz con la que a su vez le iluminaba a él.

De vuelta al pueblo, se mezcla con la gente, y ve pasar a los jinetes y los carruajes, mientras intenta alejar una inquietud que le ronda; durante los últimos días, ha notado que le falta la inspiración, y teme que eso suponga su declive final, su total perdición. Ya en casa, escucha cómo la lluvia de otoño golpea los cristales y el tic-tac del reloj que marca los segundos, los minutos, y las horas. Busca sus gafas y se sumerge entre libros, posponiendo lo más posible el momento de retirarse a otra noche de insomnio. Tic-tac, tic-tac. Mucho más tarde, por fin, se duerme.

.....

Aquella noche, Leonor lo visitó. Etérea y envolvente como una suave brisa, se acercó a su amado cuerpo dormido y se infiltró delicadamente en su sueño, como un ángel protector. Tendida junto a él, escuchó su respiración agitada, y le habló de su amor y de las tierras castellanas hasta que ésta se acompasó. Y fue durante esa noche, en esa morada de Baeza, donde el milagro del amor eterno se obró, y el hilo genuino y puro que los unía se recobró, como si el cielo y la tierra se fundieran, como si en mitad del otoño los campos reverdecieran, los perfumados naranjos florecieran y la Naturaleza entera homenajeara a esas dos almas predestinadas. Tomó su mano, y veló su sueño, hasta que tuvo la certeza de que él lo iba a rememorar como cierto, y que en esa certeza recuperaría tanto la inspiración como el consuelo.

Despuntaba ya el alba cuando Antonio Machado, el hombre afligido, el poeta, se sentó ante su mesa y escribió un inolvidable poema dedicado al amor y a la esperanza:

"Soñé que tú me llevabas
por una blanca vereda,
en medio del campo verde,
hacia el azul de las sierras,
hacia los montes azules,
una mañana serena.

Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera,
tu voz de niña en mi oído
como una campana nueva,
como una campana virgen
de un alba de primavera.

¡Eran tu voz y tu mano,
en sueños, tan verdaderas!...

Vive, esperanza, ¡quién sabe
lo que se traga la tierra!"



Epílogo: "Si la felicidad es algo posible y real- lo que a veces pienso- yo la identifico mentalmente con los años de mi vida en Soria y con el amor de mi mujer" Antonio Machado
Tiñes mis días de fatal melancolía/ En las ruinas, yedra/ Si mirara más hacia el espejo y menos a la ciudad/ Triste campana que ya no suena/ Largo se le hace el día a quien no ama y él lo sabe/ No se ven los corazones/Tu dignidad es la de todos.

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Okariz
7 de julio
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Re: I CONCURSO DE RELATOS DEL FORO DE DIARIO DE NOTICIAS

Mensaje por Okariz » Mar May 14, 2013 7:23 pm

Recibido hoy martes, 14 de mayo de 2013.
8. HORAS DE LOCURA

1.- Joseba

Joseba esperaba pacientemente sentado en su viejo Focus, frente al portal de Nekane, en aquella tórrida noche del viernes. Sabía que ella tenía que regresar para las doce de la noche, porque esa era la norma paterna que ella había obedecido cuando salían juntos.
Fue el domingo anterior cuando ella le sorprendió pidiéndole dejar de verse, y aquél había sido el último día que pasaron juntos. El último día que la vio. Joseba sintió un escalofrío cuando escuchó la petición Nekane y pasó las siguientes horas con ella seriamente aturdido. Cuando recobró sus maltrechos sentidos trató en vano de preguntarle qué era lo que había ocurrido. Cómo era posible que durante casi un año ella estuviera enamorada de él y ahora, de la noche a la mañana, en un sólo fin de semana ya no quería seguir viéndole. Pero no encontró una respuesta que pudiera comprender, Nekane le dijo que no era definitivo. Le dijo que ella creía seguir enamorada de él, pero que necesitaba estar una temporada sola, para poder replantearse el rumbo de algunas cosas que eran importantes en su vida. Cuando él le preguntó a qué se refería, y tras algunas divagaciones de ella sobre las amigas, la familia y los estudios, le confesó que principalmente era su relación con él. Ella no le dejó acompañarle aquél día a su casa, y se despidieron en el mismo café en el que habían estado hablando.
Durante toda la semana había estado llamándola al móvil y sólo consiguió que le respondiera el lunes. Ella siguió irrevocablemente decidida a no verle más, al menos en una temporada, porque necesitaba ese tiempo, tal y como ya le había dicho. Los siguientes días, aunque cada vez más espaciadamente en el tiempo, siguió llamándola pero ya no obtuvo ninguna respuesta más. Durante esos días Joseba sufrió mucho. Seguía sin comprender qué es lo que había pasado y lo largo de los días siguientes, su mente le asaltaba continuamente con el recuerdo de la que había sido su novia durante casi un año y con atormentadas elucubraciones sobre en qué o cómo él, la había decepcionado.
Al llegar el viernes, Joseba estaba enfermizamente obsesionado. El la quería y consideraba que la había tratado siempre bien y con este pensamiento se aferró al convencimiento de que él tenía derecho a saber en que la había decepcionado y sobre todo a la idea de que se merecía una oportunidad e reparar las cosas. Y con esas trasnochadas justificaciones se armó del coraje que necesitaba. Ella no podría recriminarle el presentarse de improviso, ya que no le contestaba al teléfono. Llevaba más de tres horas allí, sentado. Esperando.
Desde dónde estaba aparcado y a través del retrovisor, dominaba totalmente el portal de Nekane, que estaba situado en la parte final de la calle Monasterio de Urdax y cercano al Palacio de Justicia en el barrio de San Juan, un barrio que para Joseba había perdido mucho encanto de unos años a esta parte. El ya no alternaba por allí porque salvo dos o tres locales, la mayoría estaban regentados y poblados por gente principalmente sudamericana. Y es que los sudamericanos y su pachanga le ponían nervioso a cualquiera. Especialmente a Joseba.
Pocas cosas había que no le pusieran nervioso a Joseba. En general todos los inmigrantes le ponían nervioso, pero particularmente los sudamericanos. Que Osasuna perdiera hacía que estuviera enfadado el resto del fin de semana. España y su coyuntura lograba sacar toda la bilis que su hígado era capaz de producir. Pero probablemente, el tono de su intolerancia lo establecía siempre su ausencia de cuestionamiento. Cuando elegía un posicionamiento, cualquier convencionalismo, o reduccionismo le bastaba para poder seguir adelante sin siquiera cuestionarse y seguramente, esto sólo fuera un estigma más de su egoísmo. Otro más que, como si se tratara de una maldición, parecían modelar su existencia, su desencanto y quizá también su no reconocida auto indulgencia.
El calor parecía ir en aumento aquella noche y Joseba empezaba a transpirar. Ya pasaban algunos minutos de las doce y Nekane y sus amigas no aparecían.

2.- Nekane

Nekane regresaba a su casa aquella noche en el ciclomotor de Brice plenamente feliz. Sus brazos rodeaban inquieta y curiosamente a Brice y su pecho reposaba con ternura sobre su espalda. Su corazón estaba incandescente de felicidad. Por primera vez en mucho tiempo había disfrutado de una noche plenamente gratificante y largamente deseada. Había conocido a Brice dos semanas antes en la fiesta de cumpleaños de una de sus amigas. Tras algunas ambos tontearon un poco y al despedirse, él le pidió su teléfono y Nekane que titubeó, le dio un número viejo que ya no estaba operativo. Esto le produjo horas después una batalla de dudas. Continuamente la incertidumbre le pillaba desprevenida y se preguntaba y se auto increpaba, por qué incomprensible razón había cerrado esa puerta, cuando quizá debería haber cerrado otra. Cada día de relación con Joseba asistía al triste ritmo de la desilusión y el deterioro hasta el día en que sin tener ningún reproche ni remordimiento de culpa, se dio cuenta de que ya no sentía ningún deseo, ninguna pasión, ningún aprecio, ternura o cariño hacía aquél joven que meses atrás la había deslumbrado. Durante los últimos dos meses contrastó la realidad cotidiana con la imagen que su mente se había forjado de él en un arrebato de pasión. Descubrió la rutina y el desorden de sus encantos y de sus atractivos y poco a poco había empezado a detestar sus celos, sus hábitos y su egoísmo. El encantamiento había muerto y percibía que sólo la costumbre mantenía la relación. Ella se sentía muy asfixiada.


Fue justamente diez días atrás cuando, quizá por esa esdrújula naturaleza del destino, quizá porque los dioses se apiadaron de ella o simplemente por puro azar, que se encontró con Brice cuando entraba en la Biblioteca. El al verla la miró sin que ella distinguiera muy bien si aquella mirada expresaba sorpresa o resentimiento. Nekane respondió con una amplia pero sincera sonrisa y sin vacilar se acercó a él. Nekane le saludó con toda la naturalidad de la que era capaz y tras devolverle el saludo, Brice le dijo abiertamente que era mucho más honesto decir que no quiero darte mi teléfono que darte uno falso. Ella le juró que lo había cambiado recientemente y que se equivocó porque aquella noche, quizá estaba algo bebida. Durante unos instantes hubo un silencio y a Nekane le pareció que Brice no sabía que pensar. Nekane rompió el instante mostrándose interesada por él. Le preguntó que hacía por allí. Brice inmediatamente le invitó a tomar un café y ella, aunque realmente tenía que estudiar mucho no dudó y aceptó. Así pasaron aquella tarde entera y Nekane fue descubriendo lo muy atraída que se sentía por aquel chico que era bastante guapo y que parecía tener bastante cultura y educación y que se mostraba tan atento con ella. Supo que nació en Venezuela y que tenía 18 años, sólo uno más que ella. Que estudiaba derecho a distancia y trabajaba en un restaurante propiedad de sus padres. Tras una hora y dos cafés se despidieron. Brice le invitó nuevamente a salir juntos y ella aceptó, aunque dijo que este fin de semana no podría. Primero debía dejar a Joseba y esta idea que antes la hubiera inquietado y acobardado, hacía que ahora se ahogara de ilusión y alegría.

En esa primera cita además, Nekane quiso recuperar lugares, hábitos y ambientes a los que había dado la espalda desde que inició su relación Joseba. Le mostró a Brice sus rincones favoritos y pasaron la tarde bebiendo en varios locales dónde además Nekane recuperó a muchas viejas amistades que al menos temporalmente había perdido. Al llegar la noche, Brice le propuso ir juntos a cenar, pero ella dijo que no tenía apetito. Durante un instante de silencio sus ojos de observaron con intensidad y finalmente Brice casi susurrando le preguntó que qué es lo le gustaría hacer. Ella respondió: “bailar”.

Le hizo ir a una discoteca en la parte vieja de la ciudad, que Brice no conocía y que ella no pisaba desde hacía casi un año. Y Nekane volvió a sentirse feliz por recuperar algo que había extrañado tantas veces y que había empezado a mostrarse como algo evanescente en sus recuerdos. Brice bailaba como los ángeles y a los ojos de ella brillaba con luz propia. Después ambos comenzaron a sentir un tenue deseo sexual, que conforme fue creciendo les hizo abandonar la sala y buscar un lugar apartado donde los besos y las caricias se abrieron paso como un irrefrenable torrente, que les sumió en un estado en el que el paso del tiempo pareció desaparecer y un silencio que les pareció total los envolvió.

Así, sin apenas darse cuenta, llegó la hora de regresar y Nekane sintió dolor y rabia cuando tuvo que separarse de él. Ahora mientras regresaba en la parte de atrás del ciclomotor se abrazaba cada vez más fuertemente al cuerpo de Brice y en lo profundo de los repliegues de su pensamiento, deseaba vehementemente que llegara mañana, para volver a salir con él.

Pasaban varios minutos después de las doce cuando Brice detuvo el ciclomotor en doble fila, justo frente al portal de la casa dónde Nekane vivía.


3.- Brice

Brice no se encontraba bien. En su interior una mezcolanza de sensaciones y sentimientos yuxtapuestos se agolpaban alocadamente, mientras llevaba a su casa a Nekane. En parte se consideraba un estúpido por haber puesto en riesgo su relación con su novia Anita, tan sólo por un instintivo impulso de aprovechar la ocasión de relacionarse con una chica nueva en su vida, o al menos eso fue lo que él había concluido. Aquella tarde lo había estado pasando realmente mal. Cuando se encontró con Nekane, su corazón y su mente ya eran un mar de dudas y remordimientos.

La primera parte de la tarde había acompañado a Nekane por una serie de bares de la parte vieja en los que él no había estado nunca. Nekane había estado saludando continuamente a montones de personas que conocía y que al parecer no debía ver desde hacía mucho tiempo. Unas veces más largas y otras más cortas, las conversaciones que mantenía Nekane con los conocidos con los que se encontraba, contribuyeron en gran medida a que Brice se sintiera algo aislado en un ambiente desconocido y que persistiera en sumergirse en los remordimientos que atormentaban su mente. Además, conforme avanzaba la tarde se fue forjando en su mente un cierto desencanto hacia Nekane, ya que comprendió que era una persona que pertenecía insalvablemente a un universo al que él se sentía ajeno y en el que, cada vez estaba más seguro, no quería entrar. Después de todo Nekane le parecía buena chica y buena persona y la idea de que ella no se mereciera algo así también le empezó a acusar.

Probablemente lo menos malo de la noche fue el tiempo que estuvieron bailando, dónde consiguió aislarse razonablemente de los pensamientos que le estaban atormentando como si fuese una maldición. Quizá fuese porque le atrapó lo extraño que resultaba aquel ambiente nuevo, o simplemente porque intuía que sus males se desvanecerían pronto ya que se acercaba la hora en la que Nekane debía regresar a su casa.

Lo peor sin duda el momento en que Nekane le requirió el primer beso. Brice no sabía bien si fue egoísmo o cobardía, pero se dejó llevar. Lo cual, al final posiblemente resultó peor. Durante la media hora que habría durando aquél escarceo, el pensamiento le envenenó con el recuerdo y el remordimiento de su novia. Brice lo soportó elaborando respuestas a cómo justificaría mañana ante su novia su espantada de hoy, pero lejos de producirle a él alguna sensación de alivio, amento la sensación de que lo que hacía era no sólo estúpido sino también abyecto. En el fondo de sí mismo se despreciaba. Al final el conjuro se produjo y ella le susurró que tenía que irse ya a casa.

Nada más estacionar, Nekane se bajó de la moto y se quitó el casco. Se sacudió su espesa melena rubia y le tendió una mano a Brice. Este se excusó con que no podía dejar sola la moto, pero con una mirada ella consiguió que él aceptara, Brice asintió diciendo que “sólo un momento”. Ella lo llevó de la mano al Portal, abrió con la llave y tiró de él hacia adentro. Ella abrió los brazos para abrazarle y por un instante Brice sintió miedo cuando le pareció adivinar en aquella penumbra, la mirada de un animal salvaje en celo. Ella le besó y se apretó fuertemente a él y para su asombro lo que tanto le había asustado finalizó muy brevemente, probablemente porque Ella no quería llamar la atención allí dónde vivía. Nekane se separó de él y casi de un salto se metió en el ascensor diciendo simplemente “llámame mañana” a lo que Brice respondió “claro”.

Y cuando Brice atravesó aquella puerta, un sentimiento de liberación le dominó. Tan intenso fue, que por un breve momento tuvo la sensación de que sus sentidos le abandonaban para luego regresar.

4.- Cuerda de insensatez.

Al principio Joseba no había reparado en aquél ciclomotor que se aproximaba. Sólo le llamó la atención cuando se detuvo frente al portal de Nekane y principalmente fue porque obstruía su visión del mismo. Solamente cuando aquella chica se quitó el casco fue cuando se dio cuenta de que era Nekane.
Por un momento fue como si le hubieran levantado la tapa de los sesos. Un escalofrío lo dejó paralizado. Cuando sus sentidos se fueron recobrando se sintió profundamente traicionado. El dolor que ya le pareció insoportable, inexplicablemente aumentó más cuando vio como el chico que la había traído se quitaba el casco y la acompañaba al portal. Y además era negro.
En la primitiva escala de valores que equilibraban la existencia de Joseba, el engaño, la traición y la humillación de la que se sentía víctima no podía tener una expresión más alta. Medio aturdido dejó que toda su ira fluyera, y empezó a palpar tras su asiento en busca de un mini bate que guardaba escondido ahí para las situaciones “embarazosas”, mientras farfullaba las descalificaciones más graves que su ira le permitían elaborar. Para cuando lo encontró se dio cuenta de que la despedida había sido efímera, pues el motorista ya estaba de nuevo junto a su moto ajustándose el casco, lo que en aquél instante de representó un punto luminoso en las tinieblas de su ofuscada mente. La tabla sobre el océano, que le ofrecía una alternativa más atractiva. Enseguida considero seriamente la posibilidad de que aquel negrata sólo fuera un plasta más del que ella se había servido para regresar a casa. Este pensamiento le llevó tácitamente a volcar toda su ira sobre aquel despreciable negro, que había estado mendigando sexo a las desatendidas y necesitadas mujeres blancas. No le importaban nada que no se pudiera decir algo así, porque él sabía que era así y pensaba que aquellos que se negaban a reconocerlo en el fondo de ellos también lo pensaban. Prácticamente había exculpado a Nekane, cuando decidió que aquel negrito se merecía una lección y que él se la iba a proporcionar.
Suavemente arrancó el motor y extrajo marcha atrás el coche de su estacionamiento. A la par observaba como el motorista terminaba de ajustar el casco del acompañante y arrancaba su moto y atravesando el sentido de la marcha se dispuso a girar a la derecha hacia la calle San Roque. Sigilosamente se situó a una distancia próxima a los veinte metros detrás de él. Mantuvo la distancia y cuando se hallaban en la calle San Roque aceleró a fondo y clavo los frenos arrancando un gemido de protesta de sus neumáticos, que el motorista, probablemente por el casco no oyó. Joseba soltó una risa y pensó: el gilipollas ni siquiera se ha enterado. Volvió a tomar distancia pero esta vez realizó antes unos destellos para que el motorista se diera cuenta de su presencia. Cuando este se percató y giró la cabeza por un segundo, volvió a abalanzarse sobre el motorista y volvió a frenar a escasos milímetros del impacto.
Brice sintió un escalofrío y acelero su moto todo lo que pudo, mientras no dejaba de girar la cabeza constantemente para ver qué es lo que pasaba. Lo primero que le pasó por la cabeza es que aquél conductor probablemente estuviera borracho. Y viendo que el conductor repetía la maniobra, le hizo un gesto de interrogación agitando los brazos, y entonces le pareció ver a través del parabrisas en el breve lapso que el coche pasó debajo de una farola, que el conductor le blandía el puño. Ahora pensó que le había confundido con alguna otra persona y fue cuando empezó a sentir verdadero miedo. Cuando llegaron al final de la calle San Roque, Brice vio que en ese momento no había tráfico y se le ocurrió algo. Al acercarse al Stop del final de la calle, redujo casi imperceptiblemente la velocidad e inició el giro obligatorio a la derecha para entrar en la Cuesta Larraina con el coche siguiéndole a escasísima distancia, y justo cuando el coche había embocado la calle, Brice realizo un giro inesperado hacia la izquierda y recorriendo unos tres o cuatro metros en dirección prohibida, logró salir al otro sentido de la mediana de la cuesta Larraina.
La maniobra de Brice sorprendió los reflejos de Joseba que se paralizaron por un instante. Para cuando Joseba se dio cuenta, ya era tarde para seguirle, pero Joseba no se iba a dar por vencido. Aprovechando que no había tráfico se acercó al paso de peatones que atravesaba la mediana a la altura del Parque Antonutti y en un solo movimiento metió el coche por el paso para salvar la mediana que separa los dos sentidos de marcha, y lo atravesó logrando pasar al carril de sentido contrario. Acelerando a fondo se lanzó tras la moto.
Brice se dio cuenta de la maniobra del coche, justo cuando tomaba la curva que iniciaba la pendiente de la cuesta. Pensó que en la pendiente lograría mantener la distancia, pero no sabía qué hacer, cuando llegara abajo. Primero pensó en girar a la izquierda, e ir en dirección Berriozar, pero la calle estaba anormalmente desierta para la hora del viernes que era y pensó que si llegaba con cierta ventaja al final de la cuesta, podía intentar acceder por la rampa de San Lorenzo, al centro de la ciudad dónde con seguridad encontraría gente que le pudiera auxiliar. Se decidió por esta opción y justo antes de iniciar el ascenso, se giró para comprobar con estupor que el coche le había ido comiendo el terreno en el descenso de la cuesta mucho más rápidamente de lo que él pensaba. Ahora se encontraba a escasos metros de él. Supo entonces que no podría llegar hasta arriba y como un relámpago, una nueva idea cruzó su mente. Se dio cuenta de lo cercana que estaba la cuesta que bajaba hacia el puente de Curtidores, tramo cerrado al tráfico con unos pivotes mecánicos, dónde el coche no podría seguirle y el podría colarse sin dificultad. Pensó que si enfilaba la cuesta de San Lorenzo cuando el coche hubiera embocado esa dirección, el podría realizar un nuevo giro de 90º a la izquierda y escapar por esa cuesta. Brice se pegó a la derecha de la cuesta de San Lorenzo y comenzó la ascensión preparado para cambiar de dirección cuando estuviera a punto de llegar al arco del puente para peatones que cruza la cuesta de San Lorenzo en las murallas.
Joseba ya lo había alcanzado y circulaba tras el motorista a dos metros de la moto. No había decidido que hacer todavía. En principio se había contentado con asustar a aquel chico. Y ya lo había conseguido y se había divertido. Pero aún no había obtenido la gratificación que él deseaba. Estaba pensando que al llegar al final de la cuesta de San Lorenzo se situaría a su altura, esperando que el motorista le recriminara algo, suficiente justificación para iniciar una pelea. Se hallaba considerando esa idea, cuando de pronto, el motorista le sorprendió lanzándose hacia la izquierda directamente al carril contrario y aunque instintivamente clavó los frenos, se hallaba tan cerca, que no pudo evitar que el coche golpeara con la parte izquierda la motocicleta que cambiaba de dirección.
Moto y motorista cayeron al suelo rodando transversalmente hacia carril contrario, justo en el momento en el que los dos vehículos abandonaban el punto ciego que constituía el lado derecho de ese tramo de ascensión y comprobando ambos conductores con horror y pánico cerval en ese instante, que tenían encima al autobús nocturno a que bajaba en sentido contrario y a bastante velocidad.
Mikel, el joven conductor del autobús sintió el mismo escalofrío de terror que los dos jóvenes, y casi no tuvo tiempo de reaccionar. Se vio sorprendido por la moto y su conductor que rodaban por el suelo habiendo surgido de la obscuridad de improviso. No había llegado a ver el impacto y apenas reparó en el Ford Focus que circulaba junto con la moto. En un acto reflejo frenó y intento girar el volante hacia la izquierda, seguido de un contra volanteo a la derecha, en un desesperado intento de evitar la inminente colisión, pero fue en vano. Pudo sentir el golpe del autobús contra ambos a los que arroyó. Pero lo peor fue que el impacto de la moto con la rueda, desplazó la dirección del autobús lo suficiente como para que Mikel perdiera el control del mismo, y no pudiera hacer nada para evitar que el autobús se abalanzara sobre el margen derecho de la calzada, que arrancara la valla metálica que protegía la caída que hay sobre el río, y que se precipitara barranco abajo. La caída y el posterior impacto contra el río sacudieron con violencia la quietud de aquella noche de Agosto y dada la amplitud del espacio abierto en el que se produjo, pudo escucharse a mucha distancia. Mikel y las otras siete personas que viajaban en aquella línea habían muerto al llegar el autobús al suelo.
Para Brice la muerte también fue instantánea. El autobús le golpeo de lleno en la cabeza y luego lo arroyó.
Joseba había seguido conduciendo, pero pudo ver todo lo sucedido por el retrovisor. No se atrevió a volverse. La expresión de su cara se había convertido en la mueca de horror de una gárgola. Su conducción era casi inconsciente y sus ser estaba dominado por un estado de semi-shock. No tuvo una plena consciencia de cómo subió por la cuesta y condujo hasta el barrio de San Juan, dónde se detuvo en cuanto recobro el aliento y entre sollozos comenzó a vomitar. Sabía que en cuanto se investigara, alguna cámara habría recogido el incidente, pero eso ya no le preocupaba nada. Porque por una vez, quizá la primera, no pudo escapar de la acusación que ahora le hacía su mente. El había matado a aquéllas personas. Sabía que era la verdad. Y sospechaba que desde ese momento y pasara lo que pasara, la maldición de cada una de aquellas personas viajaría siempre con él.

5.- Epilogo

Nekane despertó por la persistente llamada del teléfono. Al final oyó que se abría la puerta del cuarto de sus padres y que su madre cogía el teléfono. Lo siguiente que oyó fue un espeluznante alarido que profirió su madre que le heló la sangre y a la que, seguidamente, sintió caer al suelo con un golpe sordo, entre inconsolables sollozos. De un salto se levantó y salió de la habitación y vio a su padre agachado sobre su madre a la que abrazaba en un desesperado intento de calmarla. Su padre levantó la cabeza y a Nekane le costó discernir los ojos de su padre entre aquel océano de lagrimas. Al final de un instante eterno,su padre acertó a articular entre sollozos:

- Mikel ha tenido un accidente con la villavesa y parece que ha muerto.
Tiñes mis días de fatal melancolía/ En las ruinas, yedra/ Si mirara más hacia el espejo y menos a la ciudad/ Triste campana que ya no suena/ Largo se le hace el día a quien no ama y él lo sabe/ No se ven los corazones/Tu dignidad es la de todos.

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